No busques poesía tradicional en este blog. Esto es lo más parecido a un poema que soy capaz de escribir.
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martes, 13 de febrero de 2024

Pre-textos

Hoy tengo un día tonto, un día extraño que necesito que llegue a su fin cuanto antes. Estoy rara, pero no sé qué es lo que me pasa. No tengo fuerza, estoy agotada, triste y con ganas de llorar, pero no puedo hacerlo, muy a mi pesar. Y cuando tengo un día de estos siempre hago lo mismo: me voy a la cama antes de tiempo sin que me importe qué hora es o en qué día estoy viviendo. Decido acostarme sin pensar en si ese es el error o la solución a dicho problema, pero me voy igualmente. El silencio es la única voz que deseo escuchar. Necesito un poco de calma y allí es en el único lugar donde creo que puedo encontrarla.

Cuando tengo uno de estos días no puedo dejar de pensar, le doy demasiadas vueltas a todo. Los pensamientos van y vienen a su antojo y no sé por qué pienso lo que pienso, pero no puedo dejar de hacerlo. Mareo la perdiz, pero no consigo darle caza. Pienso en todo y en nada. Las ideas se amontonan, adquieren diferentes formas, pero acaban volviendo a su formato original una y otra vez sin que pueda hacer nada al respecto. Y esos pensamientos, pesados y recurrentes, no me dejan en paz. Me acompañan dondequiera que vaya y se meten conmigo bajo las sábanas. Esa tela no me protege de nada.

Y las horas se hacen eternas, las noches demasiado largas y no encuentro alivio ni siquiera en la palabra. Cuando estás triste lo que menos necesitas es que alguien te diga: «Venga, anímate», ¿si fuese tan fácil no crees que ya lo habría hecho antes? 
 

lunes, 30 de octubre de 2023

Hasta siempre, Delgaducho 🎗

Sigo atónita, incrédula, devastada. Aún no termino de creérmelo. Te has ido en silencio cuando tú siempre fuiste de hacer mucho ruido. Ya me avisaste una vez, ya atesorabas un intento fallido y ahora parece que por fin lo has conseguido. No te voy a dar la enhorabuena, perdóname amigo.

La vida se te ha quedado atrás, más bien se te ha caído y me da rabia no haber estado ahí para poder guardártela. Para después, para por si acaso, para dejarme al menos con otra sensación y no ésta de no haber estado a la altura, de no haber frenado tu caída hasta el suelo como hacen los buenos amigos. 

Ya no estás y me pregunto dónde te has ido. Si allí habrás encontrado por fin esa supuesta felicidad que aquí no encontrabas, a pesar de buscarla. Me he puesto a recordar; no he podido dejar de hacerlo desde que la noticia me ha cruzado la cara. La cara y lo que no es la cara. Me ha atravesado una lanza y ahí sigue clavada. Y duele, duele(s) mucho.

He vuelto a Madrid esta tarde, hasta ese km. 0 en el que nos encontramos. Ese punto del mapa en el que me esperaste ilusionado como un niño chico dispuesto a encandilarme, y lo conseguiste. Siempre empeñados los dos en buscar el sentido poético a todo, y míranos hoy: tú, riéndote con tus demonios y yo, llorando tu abandono.

He vuelto a la movida madrileña colgada de tu brazo. A aquel punto de apoyo que me brindaste. «Mi niña, cógete a mí, no te vayas a caer, que no me lo perdonaría nunca». No recuerdo a cuántos bares me llevaste, ni cuántas copas llegaste a pagar. Al Penta, al Aleatorio, al Libertad 8; recuerdo los primeros de la noche y después ya todo está borroso. En este último me explicaste mil batallas y me regalaste una púa de Antonio Vega mientras te emocionabas al hablar de él. Y no sé si era verdad o te lo inventaste, aunque eso ahora ya da igual. Eras así, emotivo, frágil, visceral, caótico en todos los sentidos. El macarra con más encanto que he conocido.

Nos encontramos con la madrugada, etílicos perdidos. Borrachos de amistad y risas en una noche perfecta. Buscando un hotel para ti porque el último tren de vuelta a casa ya hacía horas que lo habías perdido. «No me importa. Volvería a repetirlo. No me quiero ir» —me dijiste. Recuerdo que entonces te abracé. Y nada más nos importó en aquella esquina del último bar que cerramos. Porque éramos así, nos gustaba cerrar garitos y nos gustaba abrir corazones.

Y, de golpe, aterrizo de nuevo en la realidad, en esta casa que también te extraña. Y te veo danzando por ella como un animal enjaulado que pide a gritos que lo liberen o que lo rescaten, aún no tengo claro qué necesitabas más… si alas o amor de verdad. Recuerdo tu llamada de auxilio y me pregunto por qué no volviste a llamar, quizá ahora hubiese podido salvarte de nuevo, o tú a mí… porque, aun hoy, sigo sin saber quién salvó a quién, pero lo hicimos, y tanto que lo hicimos. 

Y te estoy viendo ahora mismo en mi comedor, sentado en el sillón y abriendo una botella de vino. Pidiéndome por favor que te diera cinco minutos (de los cuales te sobraron dos) para decirme: «Te he escrito un poema, Lauri». Poema con el que me dejaste con la boca abierta, con el que me hiciste llorar de emoción y que hoy he vuelto a leer, pero llorando de rabia. Rabia por ser tan cobarde, rabia por ser tan valiente, aún no sé qué tipo de rabia es, pero es mala.

Armabas los poemas con versos que eran balas y desarmabas a todo aquel que te leía mientras avisabas de que iban a doler. Así eras. Tenías un don, siempre te lo dije. Eras un artista de la palabra. Te relamías las heridas con cada verso que escupías. No elegiste bien a tu musa y te las hizo pasar putas. Espero que los demonios que al final han podido contigo te estén tratando algo mejor, aunque tengo mis dudas. 

Han pasado tres días y toda una eternidad desde que sé que te has ido. Ya no estás, ya no puedo preguntarte, ya no puedo hacer nada más por ti, ni tú por mí. Ya no podemos arreglar el mundo: ni el tuyo, ni el mío, ni el de nadie.

Hasta siempre, amigo.
D.E.P.


miércoles, 25 de octubre de 2023

Ropa tendida

Me olvido de todo por un rato, consigo dejar la mente en blanco; no pensar en nada, ni siquiera en ti y mira que eso casi nunca pasa. Apenas dos horas: esa ha sido mi tregua. Todo un logro. Cuando estoy mal, estoy mal para todo el mundo. Ni puedo ni sé hacer excepciones. Antes sí, pero ya no. Antes podía hacer muchas cosas que ahora ya no puedo.

Enciendo el teléfono y nada más hacerlo empieza a sonar. Me arrepiento. Hablo con mamá; mejor dicho, habla ella. Y después con papá, que mañana ya no se acordará de nada. Se me mezclan los roles. Las pautas de conducta que la sociedad me impone me tienen revuelta y hacen que lo que se espera de mí haya dejado de importarme un carajo.

Solo me apetece dormir, disfrutar de mi silencio y descansar; sobre todo, eso. Estoy en proceso de aceptación, de aceptar que esto es lo que hay… aunque sin mucho éxito, la verdad. Quiero hacer de esta premisa mi lema, pero no hay manera.

Decido ir a comprar, llenar la nevera. Tener provisiones para saciar la ansiedad. Activarme un poco, si es que puedo. Pruebo. Tengo el estómago cerrado, pero incomprensiblemente tengo ganas de beber. Me apetece que una amarga me baje por la garganta y hacerlo hasta que me sienta más feliz. El problema del borracho es que bebe de más y eso a mí, no me pasa. 

Decido ir con el coche, moverlo. Mi batería no es la única que se descarga y ya van dos veces que el coche no arranca; a mí me ha pasado alguna más. No quiero estar prendida todo el tiempo, tengo miedo de consumirme por completo. Mi piel ya no resiste más chispazos, exploté en el último intento.

Decido acercarme hasta la playa y dar un paseo con calma. Pero al llegar descubro que hay demasiado ruido ambiental. Ritmos urbanos, lo llaman. No los acabo de entender, tampoco a quién los escucha. Me voy, tratando de encontrar otro horizonte que me dé más paz. Busco otro plano en el que estar, saliéndome por la tangente una vez más. El silencio tendría que estar subvencionado.

Me acabo de dar cuenta de que decido muchas cosas. Ahora mismo, decido sentirme bien. Voy a repetírmelo hasta que me lo llegue a creer. Parece que viene, parece que llega, sí, sí, estoy bien. Decido darme un beso por ser tan decidida.

No paro de escribir. De hilar bien los temas hoy, podría haber escrito una novela. Y ayer, otra. Pero no lo he hecho, tengo demasiadas ideas en la cabeza y se pelean entre ellas, así que todo es bastante caótico ahí dentro. No hay nada como estar mal para escribir bien, —me digo. Y me echo a reír al instante por lo que acabo de decir. A veces me hago gracia…

Para mí las cosas esenciales no son materiales, pido lo que considero que merezco, pero si lo tengo que pedir muchas veces, ya no lo quiero. Llamadme rara, no me importa: me han llamado cosas peores.

La ley de la grave(r)dad. La ley de lo que es grave y de lo que es de verdad. Renunciar es lo fácil, pero solo te vuelves más fuerte haciendo cosas difíciles. Tener una vida simple te convierte en débil. Y esta debilidad que tengo no para de retarme a un pulso a la que tiene la más mínima ocasión. Llega un momento en el que tirar la toalla significa mucho más que pedir que te la cambien por otra limpia o que te cansas de ser esa toalla mal tendida que no para de dar tumbos porque ha perdido una de sus pinzas. Hasta que te caes, te pisan, te recogen y te cambian por otra nueva. Todo lo que sube, baja y tiende a caer por muy alto que esté, pero tranquila: del suelo no pasa.

Siempre he tenido la misma forma de decir las cosas y, para bien o para mal, es algo muy mío que no quiero cambiar. Con esta jodida manía que tengo de removerme siempre. Con la ropa tendida, todo por recoger y con la casa sin barrer mientras yo me dedico a gastar mi tiempo escribiendo metáforas que nadie va a entender. Por muy fuerte que sople el viento, por muy gris que esté el cielo: toda tormenta amaina. Mejor no llamar al mal tiempo porque ya viene solo.  

Me voy a casa, tengo que pasar a limpio todo esto y cerrar las ventanas. Y, por cierto, me olvidé de comprar las cervezas, eso me pasa por dejarme la lista en casa…


 

lunes, 6 de septiembre de 2021

Inventario de daños

Quizá aprendí a irme. Mi límite está en tres intentos (o cuatro). Sí, tengo el límite a esa altura, qué le vamos a hacer… (ya sé que es bajo, muy bajo). Y aun con toda esa experiencia sigo sin tener ni puta idea de cómo despedirme. ¿A cuántas despedidas estamos, tú y yo, de darnos el último adiós? El definitivo, ese que te dice que a partir de aquí ya no hay nada más que los restos de lo que no logramos ser. Sigo teniendo el ridículo vicio de parar mi vida por si llegas tarde… (aun sabiendo que no vas a venir, aun siendo yo la que no quiere que vuelvas). Es absurdo. No sé por qué lo hago y tengo que parar de hacerlo. 

Me paso los días conjugando el verbo «después» en primera persona, así que imagínate. A veces no me entiendo ni yo… que llevo toda la vida conmigo y, aun así, sigo sin asimilarme. Por eso no te voy a pedir que me entiendas, no quiero hacerte perder el tiempo de esa manera. Bastante tenemos ya con lo que no tenemos, como para hacer nuestros los añadidos de los demás. Y pienso en ese deseo incomprensible que tenemos de querer pasar toda tu vida con la misma persona, con la de peces que hay en el mar… ¿? (leer en modo irónicoQuitarse de estos pensamientos es más difícil que quitarse de la droga.
 
Me gusta dar todo lo que tengo, lo mejor de mí, pero no a todo el mundo. Necesito poner(me) ciertos límites para que no me hagan daño gratuitamente, para pensar que sigo teniendo el control de mi vida (aunque nada más lejos de la realidad), para cuidarme y protegerme de todo ese mal que anda suelto y que cada vez parece que va a más… porque si no te cuidas tú ¿quién lo hará? La gran mayoría de las conversaciones trascendentales que tengo son conmigo misma. Y en esas charlas, mano a mano, lo veo claro. Después ya no tanto…
 
Si la vida cambia… ¿cómo no vamos a cambiar con ella? ¿Evolucionamos o empeoramos? Esto tampoco lo tengo muy claro. Creo que lo más importante es no cambiar nuestra esencia, mantenerla y no perderla, pese a todo. Y no justificar nuestras miserias con dichos cambios.
 
¿Te has dado cuenta de lo lejanas que estamos? Y no estoy hablando de distancia. Quizá, esta sí que sea la última vez y ya no nos queden más oportunidades, ni en esta vida ni en la próxima… (si es que la hay). ¿En qué punto empieza lo que se acaba? ¿Alguien lo sabe? Prometo poner atención esta vez y no llegar al primer día del resto de mi vida sin saber qué es lo que ha pasado o cómo he llegado hasta allí.
 
Me fui, aunque quería quedarme. He de reconocer que a veces le echo un par de huevos a según qué situaciones, que me entra un valor que no sé de dónde sale y que tomo decisiones en un instante, así como lo hago yo… sin alzar la voz. Qué fácil es retirarse cuando es a otro a quien haces daño, ¿verdad?... Entonces, que alguien me explique por qué es tan difícil retirarse cuando es a ti misma a quien lastimas. Supongo que tiene que ver más con ser valiente que con ser cobarde, me digo mientras doy un paso hacia atrás a modo de precaución.

No se puede pretender que no hacer nada cambie las cosas. Y no sé qué hago mal, pero lo hago muchas veces mal… o como leí el otro día, no recuerdo dónde «lo estoy haciendo mal, muy bien». Sí, puede que sea eso… que me esté haciendo toda una profesional del error. Cuando me vuelvan a preguntar a qué me dedico ya sé qué contestar: Soy errática (y a buen precio. No te arrepentirás).
 
Voy a hacer un inventario de los daños:

Tuve mucho amor dentro una vez. 
Y no he vuelto a sentir lo mismo desde entonces.



 

 DOMMCOBB


sábado, 10 de abril de 2021

El ruido

 

Estoy a medias. De no sé muy bien qué, pero a medias.

Así me siento, esa es la sensación que tengo.

Extraña, desubicada, en constante observación.

Un escrutinio voraz al que me someto a mí misma.

Y creo que eso no es nada bueno.

 

Y es entonces cuando pienso en cómo nos ven los demás.

En la imagen que proyectamos.

Que tampoco es real, la gente se equivoca en sus juicios…

Aquí cada uno sabe y conoce lo suyo, pero parece que todos tenemos derecho a juzgar.

 

Nunca hacía nada con todo esto, pero esta vez he iniciado un viaje.

Un viaje que me lleva directamente al ruido.

Al ruido que me crea la incomodidad cuando no me siento bien.

Como cuando la música está demasiado alta y eso me impide mantener una conversación tranquila. Y entonces callo.

El ruido que lo llena todo aun estando en el más absoluto silencio.

Ese ruido que no me deja pensar en otra cosa que no sea el propio ruido.

 

Y en esta búsqueda constante que es el estar bien empiezo a darme cuenta de que es lo que me ha traído hasta aquí, a esta situación.

Y descubro que no debo dejarlo todo para mañana, que es hoy cuando tengo que solucionar mis problemas, mis miedos, mis fantasmas.

Pero es que a veces no sé cómo actuar, cómo continuar, cómo solucionar las cosas a tiempo y se van asentando…

Y cuando reacciono (cuando me doy cuenta) parece que se ha hecho tarde y que ya llevan demasiado tiempo a mi alrededor y que forman parte de mí.

 

Y no, no quiero eso.

Siempre he sido decidida, consecuente, valiente… y no sé el porqué de un tiempo a esta parte he perdido la seguridad de la que siempre hice alarde.

 

Y entonces me digo: «Laura… tú puedes. Y puedo».

Y en ese mismo momento soy yo la que se vuelve ruido, la que lo trae consigo.

En la risa, en la voz, mientras camino.

Y me encanta el estruendo, todo el bullicio que traigo y ser yo la que haga sonoro tanto silencio.

 

Mientras tarareo una canción… busco en mi archivo su nombre y me pongo a cantar.

Vuelve poco a poco la música a ocuparlo todo, subo el volumen hasta el punto exacto.

Ese punto en el que soy capaz de hacer varias cosas a la vez sin bloquearme.

 

Necesito poco para sentirme bien.

Y acabo de recordar, las palabras que siempre me dice una amiga:

«Laura, eres música».

 

Y (me) he vuelto a darle al play.





martes, 30 de marzo de 2021

Un vacío que está lleno de ti

 

Volver al principio, al origen de todo.

Nunca lo vi como una opción.

Ni como una solución.

Jamás pensé que acabaría siendo una salida o una vía de escape hacia ninguna parte.

Y mírame hoy, a un solo paso de materializarlo, de hacerlo.

Estoy a un suspiro de dejar que corra el aire, de abrir puertas y ventanas y que una bocanada de viento entre hasta dentro.

 

Es una primera toma de contacto, como una prueba.

Ahora hacer planes a una semana vista es todo un despropósito.

Creo que lo mejor es dejarme llevar hasta donde sea posible y una vez allí, pensar en una otra semana más.

Así empezamos hace un año y mira cómo estamos, cómo seguimos, hasta donde hemos llegado…

 

Llevo tanto tiempo acostumbrada a ser la fuerte que mostrar por primera vez mi débil consecuencia y mi vulnerabilidad ha sido una extraña mezcla de muchas cosas.

Necesidad de cariño. Una tierna súplica que por fin me he atrevido a pronunciar.

Supongo que ya me da igual perder el estúpido estatus de seguridad que siempre tuve o la aparente firmeza que siempre mantuve.

Pero lo dije, por fin lo dije y no me arrepiento, ni tampoco me avergüenzo.

Lo dicho, puede que ya me dé igual…

 

¿Cuántas veces necesité esa pregunta y no escuché nada?

Con lo fácil que es preguntar… ¿cómo estás? y prestar atención a lo que te cuentan…

 

Desde los ojos de mis padres veo el abismo que nos separa.

Siento un vértigo desmedido entre su generación y la mía.

Y una distancia infinita que no nos permite entendernos por mucho que lo deseemos.

Nunca había sido tan consciente de esta situación.

Supongo que han cambiado las cosas o que las prioridades ya no son las mismas.

La lejanía más cruel creo que es la emotiva.

No ser capaz de demostrar las emociones o, dicho de otra manera, ser incapaz de demostrarlas si no son materiales.

Hay cosas que no se ven, que no se pueden tocar, que no se pueden comprar…

pero que existen y que se pueden sentir.

Y no hace falta ser extremadamente sensible para notarlas.

Un abrazo, una caricia, un "todo va a salir bien” son tan rentables, tan efectivos…

que deberían cotizar en bolsa. Seríamos todos tan ricos.

 

Y así me veo hoy, yendo a buscar todo lo que me falta con unas ganas locas de tenerlo.

A casa, al hogar.

Al lugar desde el que me diste tu último adiós y que yo no escuché…

A ese punto del mapa en el que me resulta imposible no sentir.

Y contemplar aquel cielo. Tu cielo.

Apagar el interruptor.

Observar y encontrar en lo más alto aquella luz incandescente que siempre lleva tu nombre.

Hay tanta belleza en la oscuridad, las estrellas solo salen de noche.

 

Lo mejor de ir es volver, una y otra vez.

No puede volver lo que no se ha ido.

Aquí nos encontramos (siempre) los cuatro.





jueves, 11 de marzo de 2021

El equilibrio es imposible

 

Hoy tengo un día raro. Consecución de unos cuantos...

Puede que tenga un día bipolar… (estoy segura de que yo no lo soy).

Lo bueno de esto, es que es jueves y no me pilla en fin de semana.

Intento ver lo positivo, aunque cueste.

 

Escribo y hablo.

El mensaje es el mismo, pero no lo digo igual. 

Estoy más ausente que de costumbre.

Esta vez el cuerpo me ha pillado así, como más metida hacia dentro y no sé si quiero salir.

Es como una capa de protección que en realidad no protege de nada, porque todo va traspasando y doliendo. Pero me lo acabo creyendo y supongo que algo bueno me estará haciendo, digo yo.

 

Pienso en desconectar, en dejar de estar, en que ya tenemos suficiente con nuestras cosas como para tener que aguantar también las de los demás… y es extraño porque aun diciendo todo esto, sigo necesitando saber cómo están las personas que me importan, aunque me cueste preguntarlo.

 

Es un año que me gustaría olvidar (supongo que como a todos).

Un año en el que no solo me han cortado las alas, sino que también me han prohibido volar. Y la imaginación ya no da para más…

He perdido la libertad, la seguridad, la conciencia.

He perdido un estilo de vida que me hacía sentir muy bien… y que ya no volverá.

Me han perdido el respeto y la educación y no he podido recuperarlos de nuevo.

Ya sabéis lo que dicen, << cuando se pierde la confianza se pierde todo>>.

Y yo no puedo estar más de acuerdo.

Ha sido un año envuelto por la incertidumbre, por la mentira, por el miedo, el desapego. En el que se han perdido las buenas maneras, hemos encontrado la excusa perfecta, ya tenemos una cabeza de turco para que la culpa la tenga siempre el mismo.

Y como no se ve, como no se puede tocar, como no avisa ni tiene intención de hacerlo, nos ha convertido a todos en auténticos vendedores de humo.

Pelotas fuera, directas a tu tejado. Yo me lavo las manos… tú haz lo que quieras.

 

Y ya no puedo más, tengo la sensación de que en cualquier momento voy a explotar, poniéndolo todo perdido y sin importarme (ni lo más mínimo) quién será el que lo tendrá que limpiar. Vuelvo a lavarme las manos. Yo, a lo mío.

 

Pocas veces cambio las cosas de lugar, no lo hago ni conmigo.

Pero ahora me apetece recolocarme en otro sitio.

Cerrar esta puerta y encontrar una ventana por la que saltar.

No mirar atrás (aprender a no hacerlo).

 

Cada vez me alejo más de todo, estoy a años luz de lo que alguna vez fui, la cabeza y el corazón hace mucho que dejaron de entenderse y solo hacen que ponerme a mí entremedio (entre la espada y la pared), como si yo tuviese la solución para todo. Y nada más lejos de la realidad.

 

Mientras que sufro un deshielo interno.

Pero parece que no me hundo, al menos no del todo.

 

Estoy con mi máscara de segura y con todas mis inseguridades escondidas detrás.

 

Desaparecer. A veces me dan ganas.

Ser negativo, nunca había tenido tanto sentido ni había sido tan positivo.

 

No te preocupes si no lo entiendes. No lo hago ni yo.

Y mira que llevo tiempo conmigo…

 

Se intuye un adiós.

Y no sé hasta cuando…

jueves, 28 de enero de 2021

Una más

El mundo está lleno de idiotas.
Y me incluyo.

Apenas se nota (la) diferencia.


jueves, 10 de diciembre de 2020

Hasta luego (hasta pronto)

Tengo que contaros algo, quiero hacerlo. 
Y en estos tiempos de covid, desaparecer sin más no me parece lo más sensato, 
ya bastantes preocupaciones tenemos como para sumarle una más…

Voy a estar unos meses un poco (más bien mucho) desconectada del blog.


He decidido salir de mi zona de confort y volver a estudiar, cuando no te gusta lo que pasa a tu alrededor, tienes que cambiarlo (o al menos intentarlo) pero no hacer nada no cambia nada y estoy cansada de esta situación y a nivel personal necesito un cambio que sólo no va a llegar.

 

Tengo tres meses para prepararme, para hincar los codos, para cambiar mis hábitos y para cambiar esas rutinas que tanto me gustan por otras que no tanto. 

Y para eso, necesito un tiempo que no tengo. 

Para no intentarlo a medias, para no excusarme a mí misma o sentirme culpable por no haberlo dado todo.

 

Mantenerme activa en el blog me hace sentirme conectada con mi interior, consigo sacar de dentro todas las emociones, todos esos sentimientos que a veces me invaden por completo y que solo con poesía (y derivados) consigo sanar las heridas que, aunque no se ven os puedo asegurar que sí que están.

Negarme el tiempo libre y esos pequeños vacíos en los que no hacer nada es para mí el mejor pasatiempo posible, a día de hoy me parece un gran desafío. 


Así que por este motivo voy a estar ausente, ya no solo de mi blog, también de los vuestros… y de todo lo que aquí se cuece y acontece.

No sé si podré apartarme del todo, necesito escribir, necesito entender(me), necesito dejarme llevar por la lectura y necesito el contacto virtual, dado que la realidad a veces me supera y no la consigo entender, aunque quiera.

También soy consciente de que debo tener algún momento para mí, para desconectar un poco, tomar aire y renovar un poco las fuerzas.

Así que eso haré, lo que seguramente no me dará tiempo para hacer todo lo que me gustaría hacer… (ya sabéis lo mucho que se acumula en tan solo un día… así que si tardo una semana en entrar no lo quiero ni pensar...) pero haré todo lo que pueda…

 

Como me dice una amiga: Cuando quieres, puedes.

Y yo, ahora mismo… quiero intentarlo.

 

Os iré contando y extrañando…

Hasta pronto.

 

martes, 20 de octubre de 2020

Guía sobre el arte de perderse

 

Año nuevo, vida nueva…dicen.

Y a la velocidad a la que va este año, creo que hago bien si empiezo mi balance dos meses antes porque cuando me quiera dar cuenta estaré atragantándome con las uvas (o no) o vete a saber qué pasará de aquí a entonces…

 

La vida no es más que simple tiempo, un tiempo que no tiene tiempo.

Y sí. Algún tiempo pasado fue mejor, pero vivimos tan deprisa, que somos incapaces de saborear los momentos que tuvimos una vez y a los que ahora nos resulta imposible volver.

Y me doy más tiempo, es un recurso penoso. Una demostración de valor que creo no tener. Pero es que a veces se me olvida de que está hecho el tiempo y voy perdiéndolo.

Supongo que es eso, que los años raros traen sensaciones raras al presente y que, aunque quiera, ya me resulta imposible volver a lo que una vez fue. Y en este año, esta sensación de pérdida y este maldito estado de ánimo me está coartando y ¿por qué negarlo? asfixiando también.

 

Hace frío, debería quedarme en casa.

Pero necesito estirar los brazos, las piernas, las ganas… salir y respirar aire.

Y hoy he decidido sociabilizar un poco y he perdido la cuenta de las veces que me he arrepentido. No por estar con mis amigas (que eso siempre me hace bien) sino por el miedo, por sentirme desubicada, preocupada y con la cabeza en otro lugar.

La distancia con según qué personas para mi es una tortura y puedo estar cuatro meses sin verlas, pero si las veo, las necesito abrazar, no lo puedo evitar.

Y no es que me de miedo el contagio, me da miedo no saber qué hacer con toda esta incertidumbre, me da miedo el propio miedo.

Intento encontrar el equilibrio, aunque siento que últimamente no hago otra cosa que tambalearme, sin tener muy claro el rumbo que debo coger.

 

Los adoquines de las calles van tropezando con mis pasos torpes, inseguros.

De momento no caigo. Pero no las tengo todas conmigo.

Me ajusté la noche a un estado de embriaguez extraño, en el que no me costó mucho entrar, pero del que me era muy difícil salir por otra puerta que no fuese la de atrás.

Fui la primera en irme. Sí, yo. Que lo he cerrado todo y que nunca he tenido fin.

Pero es que hoy, me salté la dieta de los sentimientos y me bebí hasta el agua de las plantas. Y escribiendo estoy, con un cierto mareo, con unas ciertas ganas y con un cierto olor a añejo. El vino con el que poder brindar no levanta mano ni copa. Al menos no la mía. Siento que no hay nada que celebrar. Y perdonadme, brindar por seguir teniendo salud me parece de lo más frívolo… con todo lo que está pasando, con la de gente que está cayendo, con todos los que se están yendo.

¿Y qué puedo hacer cuando salen a mi encuentro todos estos sentimientos?

De verdad que no sé qué hacer con (todos) ellos.

Otros tiempos ¿los mismos corazones?

 

Saudade la ausencia, el anhelo. Un estado emocional entre la pena y la felicidad que mezcla las tristezas con los afectos. El sabor agridulce de lo que nunca volverá.

 

 

martes, 14 de julio de 2020

Dramón González

Tengo una sensación inerte.
Que no late, no encuentra atisbo de vida.
Es como un rasguño en el alma, que no pica, que no escuece.
Así que ni me molesto en soplar.
Bajo mi piel está todo lo que no sé decir y no necesita aire que respirar para seguir ahí, como a escondidas.
Y tampoco cicatriza.
Sigo huérfana de palabras y empiezo mis poemas, con cero confianza.
Pero lo intento, porque nunca me ha costado tanto expresarme como ahora.
Mis andares son pesares.
Y ya no sólo arrastro mis pies... arrastro las palabras como quien barre en casa y lo mete todo bajo la alfombra.
Empiezo a acumular frases inconexas, sentimientos, cosas que decir…como si después fuese a hacer algo con ellas.
Pero no es así. No hago nada.
Y me propongo olvidarme de todas las dudas, de los lunes y los martes.
Y de todas esas noches que se me atascan… pero tampoco lo consigo.
Y van pasando los días mientras que yo estoy estática.
Y siento un vértigo horizontal cada vez que me pongo de pie…que me aturde, me incomoda y me molesta.
Soy totalmente activa dentro de mi pasividad.
Y tanta tranquilidad e indiferencia me supera, es más, me bloquea.
Me calcé esta mañana un par de zapatos nuevos y ese fue mi paso por el día, andar pisándolo.
Y ahora que me descalcé y ando así por la casa, sin nada, elevo los pies como en un ejercicio más mental que físico, me siento en esta butaca y busco el equilibrio entre mis andares, mis pesares y mis palabras.
Hay un antes y un después de todo esto y volver a lo anterior ya no es posible.
Y sigo buscando el camino que me lleve de nuevo a casa, aunque es como una carrera de obstáculos y todo me cuesta, como mínimo, tres veces más que antes.
Hay un nuevo inquilino en mi vida, el miedo.
Es traicionero, no lo ves venir y no sé qué hacer con él, yo que nunca lo he tenido.
Me quedo pensando en todas las posibilidades y no me gusta donde me llevan.
¡¡Puto miedo. Nos cuida, sí, pero a qué precio!!.



Niña,
las cosas 
no pueden ser 
lo que esperas,
porque ya
son lo que son.

(Retratos de lo invisible)

lunes, 23 de marzo de 2020

Por tra (d) ición

Amanece y la luz va entrando tímidamente por la ventana,
en la escalera ya hay vida, se crea el ruido inevitable de quienes tienen prisa.
Me desvela el frío, las ganas de un café caliente y un áspero cigarro pasando por mi garganta.
Llueve.
Las gotas repican contra las ventanas, la uralita sonora acompasa un baile que no es de nadie... en un día que no es que se me antoje gris, es que lo es.

Tengo invisible en el pecho un dolor que me impide respirar con normalidad.
Supongo que es la preocupación de alguien que nunca la ha tenido y que no sabe que hacer con ella.

Tengo la sensación de que no sólo se me escapan de entre los dedos, el jabón, el agua o el viento.
Existe algo mucho más valioso llamado tiempo y que no consigo retener como quisiera.
El reloj avanza, las horas pasan, tiempo infinito que queda en nada.
Horas, minutos, segundos que escapan.
Incesantes,
se marchan.
Y el tiempo pasa y marca la pauta.
Lo real y lo ficticio, en ese limbo me encuentro.

Tantas cosas por hacer y tanto tiempo para hacerlas.
Ralentizo mis constantes para no ahogarme.
Para que no me invada el miedo y lo más importante, para que no me paralice.
Y me ha vuelto a pasar…
he vuelto a pensar en ella.
En él,
en ellos,
en todo.
Estos días se ha convertido en una bonita rutina a seguir.
Quizá la única.
Y en la suerte.
Que parece que está echada y que no permite marcarse ningún farol.
Me deseo suerte conmigo misma, (la) me voy a necesitar.

Estoy creando recuerdos para poder hacer memoria dentro de un tiempo.
Supongo que es cuestión de paciencia.
Cuando la tienes...
y si no la tienes o no sabes lo que es...
entonces ya no sé de qué se trata…

Porque ser sensible no significa no ser fuerte.
Me digo.

Y aplaco mis ganas de crear un huracán, me doy un respiro y con un suspiro me doy cuenta de todo lo que soy capaz.
Donde me lleva el pensamiento no me llevan los pies.
Y sigo aquí, no me marcho a ningún sitio.

Dos cucharadas de realidad para quien no quiere sopa.
Ese va a ser mi menú de hoy.
Son las siete de la tarde.
Y empiezo a tener hambre.


Esto supera la ficción. 
Debe de ser la realidad.


domingo, 2 de febrero de 2020

Sin miedos

No hay que tener miedo a fallar.
Si tienes miedo a fallar, vas a fallar.
En el momento que dejas de pensar en lo que puede pasar,
empiezas a disfrutar de lo que está pasando.

miércoles, 29 de enero de 2020

Sálvese quien pueda

Hablas.
Te escucho.
Y es como quien oye llover.
Llueve(s) a gritos.
Y desde tu boca,
me lanzas todas esas gotas…
tan llenas de reproches, tan llenas de descuidos…
que yo voy esquivando como puedo para que no me cales del todo.

No tengo vocación por tu desprecio,
ni creo merecerlo…
me desacomodas bruscamente con palabras,
hasta que me digo a mi misma que ya he tenido bastante…
de todo esto que tú has decidido darme.

Y te dejo ahí, rodeada de todos tus restos,
con la certeza de que todos tus escombros,
no son más que miedos que no has sabido gestionar.

Dicen que es bueno bajar la basura a diario…
aunque ventiles cada día…
o sigas teniendo espacio…
en alguna estancia vacía o en cualquier armario.
Para no ir acumulando en casa complejos y dudas
y porque acaba oliendo bastante mal…
por mucho incienso que pongas o por muchas velas que enciendas.

Hay recovecos en la memoria que se llenan de mugre aunque no quieras…
y reminiscencias que no hacen más que volver al presente impidiendo que haya un futuro
y parece que te hacen olvidar el poco éxito que tuvieron en tu pasado…
Dicen que es un síndrome.
Diógenes le llaman.
Acumular, amontonar, abandonar, extraviar…
grandes cantidades de basura, negatividad, dudas, miedos, decepciones y egos…
que no sirven ni para reciclar ni para hacer más sostenible tu abandono y descuido,
ante el respeto que merece tu vida y la de los demás.
Me he dado cuenta que soy incapaz de ayudarte,
que no puedo ni debo salvarte de ti misma,
porque ni siquiera te das cuenta de cual es tu problema como para que encima lo quieras arreglar.
Si algún día despiertas hazlo con un profesional…
Que te enseñe a hacer las cosas de manera distinta, que te diga como acotar los problemas, superar los miedos, afrontar las inseguridades y como reducirlas a su mínima expresión.

Yo ya no quiero intentarlo más…
hace tiempo que me di cuenta que no soy la salvación para otra que no sea yo.

martes, 17 de diciembre de 2019

De haberlo sabido

Tengo la cabeza llena de razones.
Y sé muy bien, que el no hablar de las cosas no evitará que sucedan.
El tiempo no decide nada la que decide soy yo.
Desaparecer…
a veces me dan ganas.
Hasta que me da por pensar ¿en que lugar estaría mejor que en este?
¿O que momento mejor que ahora sería idóneo volver?.
La solución que menos me gusta es siempre la mejor.
Y me hago preguntas "sin son ni ton" por hacerlo al revés y más difícil todavía.
Como si convencerme fuese la cura y no hacerme trampas a mi misma.
O intentar encontrarte por primera última vez…
como si se pudiera, como si fuese posible…
tener una segunda oportunidad para una primera impresión.
Y esa maldita sensación de que sin ti no soy feliz pero contigo tampoco…
con la que constantemente me doy de bruces.
Y me instalo en mi vacío y lo lleno todo.
Soy lo único que tengo. Y no me abandono.
De haberlo sabido…
sería todo tan distinto.

No me con…¿vienes?


domingo, 28 de julio de 2019

Hoy es mi no cumpleaños

Hoy hace exactamente un año que nací.
O que renací, mejor dicho.
Hoy hace un año del accidente de moto, dónde un amigo y yo, estuvimos muy cerca de no poder contarlo.
Mi cuerpo (y el suyo) aún conservan visibles las heridas.
Es ahora, cuando quizá yo empiezo a no verlas (o a no verlas tanto).
Pero están ahí, siguen ahí… y creo que seguirán en mi por siempre, ya no solo en el cuerpo y en la estética, sino en la mente y el recuerdo…
A veces, tomamos riesgos innecesarios.
A veces, somos inconscientes.
A veces, tenemos suerte.
Nunca en toda mi vida, había pasado tanto miedo.
Tuve un lapsus de tiempo…(que aún me dura)
no sé si fue un minuto, o diez, o veinte…
no sé si me desmayé o si el shock fue tan fuerte que me paralizó durante no sé cuanto tiempo.
Lo que si sé, es que no recuerdo nada… desde el momento del impacto hasta que pude arrastrarme hasta donde estaba mi amigo mientras gritaba su nombre.
Pero no quiero ni dar pena ni contarlo como una mala experiencia (que lo fue, sin duda).
Para mi ha sido un aprendizaje constante de un año a esta parte y quisiera ser capaz de transmitir mi agradecimiento a la vida, por esta segunda oportunidad.
Hoy hace un año de mi no cumpleaños.
Del día en que no pasó nada pero que podría haber pasado todo.
Y haberlo perdido todo…
Ya no soy la misma.
No sé si cambié de golpe aquel día… o si fui cambiando un poco cada día desde entonces.
Pero, si he de ser sincera, creo que hubo un antes y un después en mi vida, desde el 28 de Julio del año pasado hasta este.
La ley de la grave(r)dad.
La ley de lo que es grave y de lo que es de verdad.
Todo lo que sube vuelve a bajar.
El asfalto quema y duele tanta dureza.
En un año, he sido incapaz de hablar aquí de lo sucedido y yo siempre hablo y escribo sobre todo lo que me pasa… para bien y para mal.
Tener tanto miedo cuando no eres miedosa, te puede llegar a paralizar.
Bloqueas en tu cabeza tan mala experiencia hasta que te das cuenta que alguien te tocó con su varita mágica una vez… pero que podría no hacerlo una segunda…
Así que no pienso tontear con mi suerte, por si acaso.
Y como no soy supersticiosa, ni miedosa, ni tan cafre ni tan gafe, hace un año me subí a una moto y hoy a lo que me subo es a un avión.
Sin tocar madera, sin cruzar los dedos, sin rezarle a nadie y sin encender ningún tipo de vela…
Pisaré el asfalto pero esta vez no lo haré con el cuerpo sino con el tren de aterrizaje.
Y justo en ese momento, despertar del sueño que haya tenido durante el vuelo.
Como también desperté hace un año y eso si que puedo decir, que ha venido siendo lo más parecido a un sueño de los que se viven con los ojos abiertos.

Buenos Aires, allá voy.
Quiero aprender a bailar tangos por todas tus calles…
Y probar el mate
y que eso, tampoco me mate.

No sé como andaré de conexión ni de tiempo, ahora me toca disfrutar y descansar, me lo he ganado y me lo merezco.
Por si acaso no puedo, os dejo todo mi cariño y espero encontraros aquí de nuevo en Septiembre.
Sed felices e hidratarse bien, la felicidad da muchísima sed.

Hasta pronto.

lunes, 18 de febrero de 2019

Ruido

Mi sola presencia, mi propio ruido…

Intermitente.
Incesante.
Incontrolable.

Intocable.
Inolvidable.
interminable…

A veces, aun cuando no buscamos algo, de repente, lo encontramos… es un tropiezo con la realidad que nos hace despertar de golpe, como cuando soñamos que caemos al vacío y nos despertamos sobresaltados…

Cuando buscas algo desesperadamente y al final das con ello y sin darte cuenta sonríes y le hablas y le dices…. ¡Aquí estas!

Porque a veces, ante la no búsqueda de algo, tampoco lo extrañamos.
Porque a veces, las cosas pasan en su momento exacto. Y otras veces, no. 

Hay cosas tan sencillas en esta vida…que la respuesta es tan aplastante, que buscamos tres pies al gato, aún sabiendo que tiene cuatro.

jueves, 14 de febrero de 2019

El silencio de los corderos

El silencio es la excusa de los necios,
del que tira la piedra y esconde la mano.
Y esa cobardía que me has enseñado,
mientras tú te creías tan valiente…
si te soy sincera…
me hace tenerte mucho miedo.
Porque no hablo de una película,
hablo de tu vida.
Y tú,
desafortunadamente,
eres de carne y hueso.

martes, 13 de noviembre de 2018

Cambios

Creo que nunca se me pasó por la cabeza que pudiésemos sufrir algún cambio.
Y es evidente que todos, y digo todos…lo sufrimos alguna vez en la vida, a medida que pasa el tiempo.
Pero tu y yo no, pensaba que no estábamos hechas de esa pasta.
Y resultó que sí.
Que cambiamos y no fuimos ni siquiera capaces de hablarlo.
Tu te convertiste en todo aquello que a mi tanta rabia me daba.
Te convertiste en todo lo que yo más odiaba.
Y aguanté porque te quería, de verdad que lo hacía.
Y en el fondo, no te culpo, porque en aquel tiempo, yo también cambié.
Cuando tu alrededor se transforma, involuntariamente, todo se transforma también.
Yo me convertí en todo aquello que tanta rabia me daba.
Me convertí en todo aquello que tanto odiaba.
Y no pronuncie palabra, hasta que fue demasiado tarde y ya no quedaba nada por decir.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Blanco y en botella

Lo peor de todo, es cuando ves las cosas venir y aún así, tu sigues estática, inmóvil... esperando a que vengan.
Ese es el mayor error, porque la experiencia no se equivoca... y cuando saltan las alarmas, es casi imposible silenciarlas.
Hay años que hacen preguntas y años que dan las respuestas.
Porque cuando resulta difícil excusar lo que parece ser más que una excusa, ya no hay vuelta atrás... y solo es cuestión de tiempo (del tiempo que tu necesites), para que creas de nuevo en ti misma y decidas actuar.