Esta soledad me pesa más de la cuenta, siento una desbordante presencia de mí misma en un espacio que se nos queda pequeño a las dos. Me escribo a escondidas palabras de aliento para que no me falte el aire. Para intentar entender esta calma intranquila, este orden caótico, esta excitación adormecida. Me tengo paciencia y me concedo el perdón por las molestias. Soy benevolente conmigo, pero no más de la cuenta.
Quiero volver a sentirme importante, aunque ya no me lo diga nadie. Esta rutina obsoleta deprecia mi valor y hace que me sienta menos de lo que soy. He dejado de buscar lo que no he perdido e intento encontrar lo que me han robado. El tiempo nunca lo voy a poder recuperar. Estoy cansada de esperar, de tirar la basura y reciclar las ganas en un contenedor que ya no tiene color y que se queda atascado cada vez que lo abro. Decido deshacerme de todo, aun sabiendo que después me voy a arrepentir.
Me escribo poemas de amor que no lee nadie y me sorprendo con las cosas que me digo. Me voy dejando notas de cariño que más tarde olvido, y sonrío cuando me las vuelvo a encontrar. Ya no digo «te quiero» si no es haciéndolo. Me hago el amor cada noche en mi habitación con un ser inerte que no me pide ningún tipo de explicación y que tampoco me da los buenos días.
Si entro a la tristeza, cierro puertas. Intento hacer con mis dramas, poesía. Hace un tiempo encontré en las letras lo que ahora no encuentro en el habla. En una ocasión escribí el poema perfecto y pese a todos mis intentos no he sido capaz de volver a hacerlo. Por no saber qué decir ni cómo decirlo, escribí dos libros. Nadie puede reprocharme que no lo intento.
