Me olvido de todo por un rato, consigo dejar la mente en blanco; no pensar en nada, ni siquiera en ti y mira que eso casi nunca pasa. Apenas dos horas: esa ha sido mi tregua. Todo un logro. Cuando estoy mal, estoy mal para todo el mundo. Ni puedo ni sé hacer excepciones. Antes sí, pero ya no. Antes podía hacer muchas cosas que ahora ya no puedo.
Enciendo el teléfono y nada más hacerlo empieza a sonar. Me arrepiento. Hablo con mamá; mejor dicho, habla ella. Y después con papá, que mañana ya no se acordará de nada. Se me mezclan los roles. Las pautas de conducta que la sociedad me impone me tienen revuelta y hacen que lo que se espera de mí haya dejado de importarme un carajo.
Solo me apetece dormir, disfrutar de mi silencio y descansar; sobre todo, eso. Estoy en proceso de aceptación, de aceptar que esto es lo que hay… aunque sin mucho éxito, la verdad. Quiero hacer de esta premisa mi lema, pero no hay manera.
Decido ir a comprar, llenar la nevera. Tener provisiones para saciar la ansiedad. Activarme un poco, si es que puedo. Pruebo. Tengo el estómago cerrado, pero incomprensiblemente tengo ganas de beber. Me apetece que una amarga me baje por la garganta y hacerlo hasta que me sienta más feliz. El problema del borracho es que bebe de más y eso a mí, no me pasa.
Decido ir con el coche, moverlo. Mi batería no es la única que se descarga y ya van dos veces que el coche no arranca; a mí me ha pasado alguna más. No quiero estar prendida todo el tiempo, tengo miedo de consumirme por completo. Mi piel ya no resiste más chispazos, exploté en el último intento.
Decido acercarme hasta la playa y dar un paseo con calma. Pero al llegar descubro que hay demasiado ruido ambiental. Ritmos urbanos, lo llaman. No los acabo de entender, tampoco a quién los escucha. Me voy, tratando de encontrar otro horizonte que me dé más paz. Busco otro plano en el que estar, saliéndome por la tangente una vez más. El silencio tendría que estar subvencionado.
Me acabo de dar cuenta de que decido muchas cosas. Ahora mismo, decido sentirme bien. Voy a repetírmelo hasta que me lo llegue a creer. Parece que viene, parece que llega, sí, sí, estoy bien. Decido darme un beso por ser tan decidida.
No paro de escribir. De hilar bien los temas hoy, podría haber escrito una novela. Y ayer, otra. Pero no lo he hecho, tengo demasiadas ideas en la cabeza y se pelean entre ellas, así que todo es bastante caótico ahí dentro. No hay nada como estar mal para escribir bien, —me digo. Y me echo a reír al instante por lo que acabo de decir. A veces me hago gracia…
Para mí las cosas esenciales no son materiales, pido lo que considero que merezco, pero si lo tengo que pedir muchas veces, ya no lo quiero. Llamadme rara, no me importa: me han llamado cosas peores.
La ley de la grave(r)dad. La ley de lo que es grave y de lo que es de verdad. Renunciar es lo fácil, pero solo te vuelves más fuerte haciendo cosas difíciles. Tener una vida simple te convierte en débil. Y esta debilidad que tengo no para de retarme a un pulso a la que tiene la más mínima ocasión. Llega un momento en el que tirar la toalla significa mucho más que pedir que te la cambien por otra limpia o que te cansas de ser esa toalla mal tendida que no para de dar tumbos porque ha perdido una de sus pinzas. Hasta que te caes, te pisan, te recogen y te cambian por otra nueva. Todo lo que sube, baja y tiende a caer por muy alto que esté, pero tranquila: del suelo no pasa.
Siempre he tenido la misma forma de decir las cosas y, para bien o para mal, es algo muy mío que no quiero cambiar. Con esta jodida manía que tengo de removerme siempre. Con la ropa tendida, todo por recoger y con la casa sin barrer mientras yo me dedico a gastar mi tiempo escribiendo metáforas que nadie va a entender. Por muy fuerte que sople el viento, por muy gris que esté el cielo: toda tormenta amaina. Mejor no llamar al mal tiempo porque ya viene solo.
Me voy a casa, tengo que pasar a limpio todo esto y cerrar las ventanas. Y, por cierto, me olvidé de comprar las cervezas, eso me pasa por dejarme la lista en casa…