No sé cómo empezar esta despedida. Un adiós que no quiero dar pero al que la vida me obliga. Me queda el consuelo de haber tenido la oportunidad de hacerlo hace unos meses, quizá sin las palabras exactas, pero sí con las miradas y los abrazos necesarios para entender que aquella sería la última vez que nos veríamos. La despedida más difícil es aquella que no se pudo tener, aquella que nunca se llegó a hacer. Me repito esta frase como un mantra. Y, así, consigo sentirme un poco mejor con toda esta tristeza...
Contigo aprendí que la lucha y la fuerza de voluntad hacen de parapeto cuando una enfermedad te ataca. Ojalá hubiese sido una muralla imposible de franquear y que esa guerra hubiese durado otros cien años, pero solo fueron siete. Tu batalla terminó el Día de los Inocentes; ojalá fuese una broma pesada que se pudiera perdonar entre risas... pero no lo es. Prefiero recordarte con una sonrisa, con un Spritz brindando por la vida y por los amigos que se quedan a tu lado para siempre, estés donde estés.
Iré a verte a esa playa, iré a pasear contigo, a contarte cómo estamos, a explicarte cómo seguimos desde que te has ido. Y a mecerte como a un niño en ese columpio que ahora está vacío y al que le he puesto tu nombre. Al final, has conseguido llevarme al mar...
Aprendimos a querernos, los dos. Y a compartir ese amor por la misma mujer. Desde el cariño y el respeto, desde lo más profundo del corazón. Esa mujer que dice que el amor se siente y no se explica, o que vuestro amor tuvo un inicio pero que no tiene fin. Esa mujer a la que quiero con toda mi Alma y admiro con todo mi ser, y que cuidaré mientras vos no estés.
Seguiré diciendo las cosas a mi manera, seguiré pensando de forma desordenada y hablando rápido hasta que me muera, pero soy una mujer de palabra. Te hice una promesa y pienso cumplirla, no te fallaré.
D.E.P
