en la escalera ya hay vida, se crea el ruido inevitable de quienes tienen prisa.
Me desvela el frío, las ganas de un café caliente y un áspero cigarro pasando por mi garganta.
Llueve.
Las gotas repican contra las ventanas, la uralita sonora acompasa un baile que no es de nadie... en un día que no es que se me antoje gris, es que lo es.
Tengo invisible en el pecho un dolor que me impide respirar con normalidad.
Supongo que es la preocupación de alguien que nunca la ha tenido y que no sabe que hacer con ella.
Tengo la sensación de que no sólo se me escapan de entre los dedos, el jabón, el agua o el viento.
Existe algo mucho más valioso llamado tiempo y que no consigo retener como quisiera.
El reloj avanza, las horas pasan, tiempo infinito que queda en nada.
Horas, minutos, segundos que escapan.
Incesantes,
se marchan.
Y el tiempo pasa y marca la pauta.
Lo real y lo ficticio, en ese limbo me encuentro.
Tantas cosas por hacer y tanto tiempo para hacerlas.
Ralentizo mis constantes para no ahogarme.
Para que no me invada el miedo y lo más importante, para que no me paralice.
Y me ha vuelto a pasar…
he vuelto a pensar en ella.
En él,
en ellos,
en todo.
Estos días se ha convertido en una bonita rutina a seguir.
Quizá la única.
Y en la suerte.
Que parece que está echada y que no permite marcarse ningún farol.
Me deseo suerte conmigo misma, (
Estoy creando recuerdos para poder hacer memoria dentro de un tiempo.
Supongo que es cuestión de paciencia.
Cuando la tienes...
y si no la tienes o no sabes lo que es...
entonces ya no sé de qué se trata…
Porque ser sensible no significa no ser fuerte.
Me digo.
Y aplaco mis ganas de crear un huracán, me doy un respiro y con un suspiro me doy cuenta de todo lo que soy capaz.
Donde me lleva el pensamiento no me llevan los pies.
Y sigo aquí, no me marcho a ningún sitio.
Dos cucharadas de realidad para quien no quiere sopa.
Ese va a ser mi menú de hoy.
Son las siete de la tarde.
Y empiezo a tener hambre.
Esto supera
la ficción.
Debe de ser
la realidad.