miércoles, 15 de agosto de 2012

Sí o sí.

Un sí es un sí, un vale que no se disfraza, un no cedido, un movimiento positivo.
Dime sí, aunque sea no, que el no imperativo me ciega, pregúntame si acepto y yo te diré que sí quiero, porque lo que tu quieres oír, quizá no sea lo que yo quiero decir, pero aún así, me gusta pensar que tengo la ultima palabra y el derecho a decidir, porque ceder con un no, es ganar un sí y en este caso, siempre eres tu quién sale ganando.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Imaginando.

Hoy estaba imaginando como sería nuestra vida si tu no te hubieses marchado.
Como hablaríamos, como nos reiríamos, cuando y dónde nos veríamos…
Como habrían cambiado las fechas importantes por otras compartidas.
Seguramente tendría fotos tuyas por toda la casa en vez de una detrás de una puerta.
Y no sé porque, pero no puedo tenerte a la vista, me dueles si veo tu imagen en cualquier parte.
Y me asombra ver lo bonito en lo que quedaste.
Porque mantienes uno a uno los rasgos, no te hiciste mayor, eres exactamente igual que lo eras hace seis años, mientras todos los demás vamos cambiando.
No puedo imaginarte con pelo blanco, ni más gordo ni más flaco, sin aquella barba que tanto me gustaba…
Tal cual eras, tal cual te recuerdo.
Siempre me ha fascinado el hecho de que cuando alguien se va, permanece siempre joven en el recuerdo de los que se quedan.
Hoy imaginaba tu apoyo, tu chiste fácil, tu risa mágica, hoy imaginaba tu empujón hasta casi caerme al suelo mientras seguro intentabas agarrarme para que no me cayera…
Y la única verdad, es que me faltas y que por más que lo intento, por más fuerte que aprieto los ojos, los dientes y los puños, nada cambia.
Pero me cuesta trabajo, mi sinsentido, ponerle orden a este algoritmo y encontrarle un resultado positivo que no interesado… a esta ecuación personal a la que me calculo.
A veces “nada” puede serlo “todo”.
Me he hecho mayor y a gatas ya no voy.
Mientras voy perdiendo esa inocencia que alguna vez fue solamente mía hasta que la entregué al mejor postor, sin carencia a noventa días.
Aquellos noventa días que tanto daño te hacían.
Y soy consciente que intentar mitigar el dolor que se aposenta en mi mientras hace metástasis alrededor de aquello a lo que llamamos corazón es como enfermar y no ir al medico por miedo a que te diga que te estás muriendo.
El monstruo nunca duerme, pero ya no me da miedo, ni tan siquiera me quita el sueño.
Ya no.
Mientras sigo diciendo aquello de que estés donde estés, que estés bien.
Algún día te iré a ver.