lunes, 2 de julio de 2012

Ella.

Su cuerpo.
El mío.
Frío y calor.
Dos cuerpos en uno, que se fusionan.
Se funden.
Su cuerpo, siempre al dente, haga frío o calor, cubierto de una piel fina y tersa, dotado de un fino tacto, delicado, con cierto sabor a miel y tabaco.
Mi cuerpo, siempre templado, contagiado por subidas de tono, obligado sudoroso que no conoce la queja, que mantiene un bloque de hielo entre los pies mientras juega.
Frío.
Calor.
De nuevo, frío.
Sudor para un resfriado.
Ella, regala caricias a diestro y siniestro.
Yo, recibo por todas partes.
Me sume en un profundo abismo por el que no caigo, del que no despierto mientras sueño.
Sus brazos, son almohadas de plumas de oca, donde me hago sitio, donde solo yo, afortunada, encuentro la paz que necesito.
Las dos sabemos, cual es mi debilidad, quizá fácil, siempre infantil.
Tocada y hundida.
Me quedé sin barco ni flota.
Floto.
Muero.
Boca a boca de nuevo.
Vuelvo.
No conoce el egoísmo.
No finge.
Brinda con pretexto de auto-regalo.
Como quien da un refresco.
Bebe con sed.
Habla.
Habla sin parar.
No calla.
No sabe callar.
Se deja llevar.
La otra parte de la mitad, la mía, siempre sensible aunque insensible a veces, intenta aparentar, sin saber muy bien porque ni para qué, dura y critica consigo misma, ante la atenta mirada de mis ojos, fiel a mis principios, paciente. Casi siempre.
Consciente.
Las dos, fruncen el ceño en señal de incredulidad y fruncen la nariz en señal de ternura.
Ambas, fruncen el sexo en señal de necesidad.
Sin más.
Tal cual.
Una no acepta cumplidos.
La otra los pide sin parar.
Las dos aprendieron a escuchar, necesitando opinar.
No hay consejos baratos, ni frases fáciles hechas de antemano.
Una sabe andar y la otra caminar.
Que no es igual.
Una va siempre saltando como si estuviese subida a unos grandes zapatos.
La otra, perezosa, siempre va arrastrando sus pasos.
Una tan bonita, sigilosa y silenciosa, que se levanta a escondidas por su lado de la cama, no enciende luces, anda de puntillas por la casa, su cigarro y su café, su lápiz de ojos, su siempre tierna despedida, un beso, un abrazo, una sonrisa a pesar del sueño, sus tacones escaleras abajo.
La otra tan indefensa, a veces en cama otras en puerta, ojos semicerrados, legañas habitadas, desnuda y fría en la entrada, otras tapada, siempre la misma pregunta, un beso, un abrazo, una sonrisa dormida, sus pies directos a la cama.
Tan diferentes, tan fáciles.
Una tan segura, la otra tan variable.
Activos y pasivos que encuentran su cuadre.
Una se fía, la otra no engaña.
Una quiere aunque lo niega, la otra niega que también quiere.
No reconocen la felicidad mientras la hacen suya.
Pequeñas niñas quizá, ya, maduras.