martes, 27 de septiembre de 2011

No me canso

Es cierto que nunca me canso,
de tocar con mis manos tu sexo,
hasta empaparme,
sintiendo el liquido viscoso entre los dedos,
mientras respiro ese olor,
que desprendes a impunidad y pecado,
entre las cuatro paredes del cuarto.

No,
no me canso,
de golpear mi cuerpo contra el tuyo,
en actos casi violentos,
mientras que nunca dejan de ser tiernos,
tu lo sabes…

No me canso,
de tener tu clítoris a un palmo,
embadurnado,
vestido de fiesta,
nacido para matarme a espasmos.

Lleno de tantos detalles olvidados,
de agasajos hibernados,
de cuidados reclamados…
No me canso…

De hacértelo en la cama, contra la pared, en el baño…
De meterte mano en la cocina, en el sofá, en la piscina…
De acurrucarme a ti y quedarme dormida…
No me canso…  

No me canso,
de deslizar mi lengua por tu espalda,
de erizarte todo a su paso,
de morder con cuidado tus hombros,
pequeños bocados de piel,
conteniéndome para no arrancártela de cuajo.

No me canso,
de tumbarme sobre tu espalda,
de acorralarte,
de saber que no te escapas.
De agarrar tus manos,
como esposas que atan,
de verte sumisa,
de observarte tan solo un lado,
cuando muerdes y besas las sabanas.

No me canso,
de tus gemidos incautos,
de notar que se te escapan,
de sentir que me los trago,
de no poder hablar,
de tan solo poder gritar.

No me canso,
de la vergüenza,
esa que es pasajera,
que a veces nos saluda,
que siempre nos colorea.

No me canso,
de que quieras ser la única y primera,
en acercarte y ver,
como yo misma me lo hago,
mientras que saco fuera,
la zorra que llevo interna.

No me canso,
de esta pasión,
que a veces se esconde,
miedosa de si misma,
y que sale hoy,
sin miedo a que tu te escondas.

No me canso,
de estos espacios vacíos,
de estos cuerpos solitarios,
que van flotando siempre por nuestro aire.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Invierno

Se acerca el invierno, me vigila desde hace días.
Guarda en sus cajones la ropa sombría y el vaho en mi boca empaña el cristal por el que miro.
Un café, caliente.
Y un cigarro que consumo entre dientes, mientras juego a dibujar formas en el aire, aire que bien podría cortarse con un cuchillo.
En la calle el afilador, me saluda con la mano, mientras hace sonar su lija al son de una campana que avisa de que trabaja.
Suena metálico, con su moto de hojalata mientras nadie le hace caso.
Suena el teléfono, me avisa de que más allá de estas cuatro paredes, también hay vida.
Lo dejo sonar, perdí las ganas de hablar, es este un momento único, irrepetible…
De estar a gusto como nunca, o como siempre… no sé.
Me despisto sin parar, bucle de emociones que no encuentran final…
Anochece y solo una triste bombilla desvela mi casa.
Y no puedo dejar de pensar en ti…
Hace frío, mis pies buscan las zapatillas que perdí en algún sitio, rescato la manta de mama, esa que tardo años en hilvanar, la misma que siempre me tapa, que me protege, un escudo de lana, que no forja lanza, mientras me acurruco y me enredo, como si nada malo pudiese traspasarla.
Intentando olvidar lo que no me hace bien,
aunque a veces lograrlo, me parece imposible.
Intento encontrar un punto de equilibrio,
entre mi bien y mi mal,
entre tu y yo,
pero me resulta difícil, cuando se que no estás.
Y estos diablos internos,
que ven la luz ante tan magna oscuridad,
son el resultado de aprender del pasado,
aún no queriendo ver lo que a veces está tan claro.
Por saberme ignorante de la maldad de los demás y no llegar a conocer nunca la mía.
En el silencio de mi casa, en la soledad de esta pobre alma,
que inquieta intenta buscar algo que le dé calma.
Sentada aquí, en esta silla de cuatro patas, de espaldas a un abismo, abstraída, ausente, dejando que mi propia melancolía me ciegue y me absuelva de mi propio juicio.
Con la mirada dirigida a unos pies que me he aprendido de memoria y con los dedos en unas teclas que van solas.
Ganas de acostarme.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Día raro

A veces tengo la sensación de luchar contra un infinito, de no tener aliados en una guerra que desconozco, de tener más de un rival que me ataca por la espalda y de no tener con qué defenderme, tan solo la palabra.
Palabras que pueden herir pero que no arañan, que pueden dañar pero que no sangran.
Palabras que el viento se puede llevar y que solo el tiempo sana.
A veces tengo la sensación de que no conozco rey, que la ley se hizo para poder incumplirla y que no hay bufón que consiga en esta burla arrancarme una sonrisa…
A veces pienso que el manjar se puso sobre la mesa para poder sentar mal y que el vino con el que poder brindar no levanta mano ni copa.
A veces creo que el cuento, a mi, en vez de darme me quita el sueño.
Mientras quiero encontrar ese plano, ese mapa, donde garabatear mi fuga.
Y no por cobarde, solo para poder jugar, experimentar y ensayar mi muerte en vida sin sufrir daño.
A veces ya no sé quién quiero ser, guerrera, princesa, burlona o reina.

  Los días raros / Vetusta Morla